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Magisterio sobre amor, matrimonio y familia <br /> <b>Warning</b>: Undefined variable $titulo in <b>/var/www/vhosts/enchiridionfamiliae.com/httpdocs/cabecera.php</b> on line <b>29</b><br />
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[0360] • PÍO XII, 1939-1958 • EL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO, EN LA BASE DE LA FAMILIA CRISTIANA

De la Alocución Tra le schiere, a unos recién casados, 12 julio 1939

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[1.–] [...] Don inestimablemente precioso son estas nuevas familias cristianas, que han comenzado a existir por razón y en virtud de un gran sacramento, instituido por Nuestro Señor Jesucristo para santificar las bodas, y con esto la familia, en su misma raíz y consiguientemente en sus brotes y en sus frutos.

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[2.–] Reflexionad, queridos recién casados, en lo que os enseña el mismo catecismo y Nos deseamos recordaros en esta audiencia: que en la base de la familia cristiana está un sacramento. Lo cual quiere decir que no se trata de un simple contrato, de una simple ceremonia o de un aparato externo cualquiera para señalar una fecha importante de la vida: sino de un verdadero y propio acto religioso de vida sobrenatural, del cual fluye como un derecho constante a impetrar todas aquellas gracias, todas aquellas ayudas divinas que son necesarias y oportunas para santificar la vida matrimonial, para cumplir los deberes del estado conyugal, para mantener los propósitos, para conseguir los más altos ideales (1).

1. Litt Encycl. Casti connubii, in: Acta Apostolicae Sedis”, 1930, pagine 554-555 [1930 12 31/41].

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[3.–] Por su parte, Dios se ha hecho fiador de todo esto, elevando el matrimonio cristiano a símbolo permanente de la unión indisoluble de Cristo y de la Iglesia, y por ello podíamos afirmar que la familia cristiana, verdadera y prácticamente cristiana, es garantía de santidad. Bajo este benéfico influjo sacramental, como bajo un rocío de la providencia, crecen los hijos a semejanza de los renuevos de olivo en torno a la mesa doméstica (1[2]). Reinan allí el amor y el respeto mutuo, los hijos son esperados y recibidos como dones de Dios y como sagrados depósitos que hay que custodiar con temeroso cuidado: si entran allí el dolor y la prueba, no llevan la desesperación o la rebeldía, sino la confianza serena que, a la vez que atenúa el inevitable sufrimiento, hace de él un medio providencial de purificación y de mérito. “Ecce sic benedicetur homo, qui timet Dominum”2[3]. Así será bendecido el hombre que teme al Señor.

1[2]. Ps. CXXVII, 3.

2[3]. Ps. CXXVII, 4.

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[4.–] Estos frutos los podréis recoger sólo en la familia cristiana, porque con frecuencia, cuando la familia no es sagrada y vive alejada de Dios y privada por ello de la bendición divina, sin la que nada puede prosperar, flaquea por su misma base y está expuesta a caer, antes o después, en el desmoronamiento y en la ruina, como lo demuestra una continua y dolorosa experiencia.

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[5.–] Dirigiendo vuestro pensamiento a la casa que os vio nacer, a los rostros queridos que primero encontrasteis en vuestra niñez, y repasando desde entonces los años y las vicisitudes de la vida, sentís que todo lo bueno que encontráis en vosotros lo debéis en gran parte a un padre prudente, a una madre virtuosa, a una familia cristiana.

[FC, 22-24]